El arte público ayuda a definir la identidad de una comunidad y nos muestra el carácter de un barrio. Es una fuerza unificadora. Suscita una calidad de vida haciendo posible un sentido de lugar al favorecer el acercamiento de las prácticas artísticas a las personas o su involucramiento.
La condición pública de las obras y su inserción en el espacio de los ciudadanos, conducen al artista a trascender la expresión individual para analizar y modificar su papel dentro de la sociedad. Se caracteriza entonces por lo efímero y pasajero, así como asume una responsabilidad opuesta a lo rutinario que además se implica en su ambiente y asume una crítica cultural ya que da respuesta al tejido complejo de lo colectivo.

